Rodearse de subordinados incompetentes. Esta es la estrategia que siguen las personas con cargos de responsabilidad que consideran inmerecidos, según desvela un estudio de la Universidad de Granada. Por el contrario, los jefes más cualificados y que sí creen merecer su puesto de trabajo, apuestan por un equipo de colaboradores bien preparados.

“La clave de mi éxito está en haber sabido rodearme de un gran equipo”. Esta es una de las frases más repetidas por diferentes presidentes, directores generales y consejeros delegados a lo largo de todo el mundo. Y no sólo puede escucharse en el mundo empresarial, sino que también es fácil oírla en boca de entrenadores de fútbol como Rafa Benítez (Liverpool) o cocineros como Martín Bersategui. Ahora un estudio llevado a cabo por los profesores del departamento de Psicología Social y Metodología de las Ciencias de Conocimiento de la Universidad de Granada Rosa Rodríguez y Miguel Moya y por Vincent Yzerbyt, de la Universidad de Lovaina, confirma que para lograrlo, por lo menos, hay que estar convencido de que se merece ocupar ese puesto de responsabilidad.

El trabajo, publicado en la revista Psicothema bajo el título ‘Cuando el poder ostentado es inmerecido: sus efectos sobre la percepción y los juicios sociales’, también demuestra lo contrario. Es decir, aquellos jefes que se consideran ilegítimos o que creen injusto estar en una posición de poder, prefieren contratar a subordinados menos cualificados. La investigación se llevó a cabo entre 73 alumnos voluntarios de las facultades de Psicología y de Ciencias de la Educación y de la Escuela Universitaria de Trabajo Social de Granada, con un 85% de presencia femenina. El estudio situó a estas personas en una situación de poder, entendido este como “el control que una persona tiene sobre los demás y sobre uno mismo”. En concreto, se les indicó que serían representantes en un congreso de estudiantes y que debían elegir un compañero para acudir al mismo y trabajar bajo su directa supervisión.

A la mitad de los casos se les informó que habían sido elegidos en función de sus buenas calificaciones en un examen que habían realizado previamente, mientras que al resto se le indicó que había sido un determinado profesor quien le había ‘regalado’ el cargo, pese a sus malos resultados en ese mismo test. Así, los primeros se percibían a sí mismos como merecedores del poder otorgado (legítimos), mientras que los segundos no y pasaban a ser jefes ilegítimos o como suele decirse ‘puestos a dedo’. A continuación se les pidió que valoraran y a continuación seleccionaran un subordinado ente dos candidatos, uno claramente competente y sociable y otro notablemente inferior en ambos apartados, especialmente en el de su competencia.

El estudio revela que ambos directivos, tanto los legítimos como los ilegítimos, fueron capaces de detectar al candidato más valioso. En este sentido, el trabajo destaca que “los poderosos ilegítimos se forman impresiones que no difieren en lo fundamental de las que se forman el resto de participantes”. Sin embargo, después se decantan en mayor medida por ‘contratar’ al subordinado menos válido. Concretamente, un 32% de los jefes inmerecidos toman esta opción frente a sólo el 12% de los legítimos.

Esta tendencia “podría explicarse como un intento por evitar un subordinado con alta competencia” que pueda poner en peligro su estatus y posición de poder”. Además, cuando se les ofreció la posibilidad de recabar más información sobre alguno de los candidatos, los jefes ilegítimos prefirieron en todo momento saber más sobre el candidato cualificado. Para los autores del estudio “Parece claro, pues, que los seleccionadores ilegítimos son capaces de detectar cuál es la persona más adecuada para la tarea que se les pide (así lo muestran los datos sobre las impresiones que se formaron), que quizá para ellos sea la más amenazante. A partir de ahí podrían desplegar estrategias que confirmen esa amenaza percibida, y por eso se muestran interesados en los aspectos positivos de esa persona, aunque luego la elijan en menor proporción como subordinado”.

En este sentido, el artículo respalda que “la legitimidad influye de forma determinante en los comportamientos e incluso en la autoimagen que los poderosos pueden desarrollar. De hecho, cuando la legitimidad de su posición se cuestiona, aumenta la exigencia por parte de los demás para que los poderosos justifiquen sus actitudes y comportamientos y demuestren que actúan de una forma justa. Incluso en el ámbito privado, los individuos buscan racionalizar sus pensamientos, sentimientos y acciones para enfatizar la legitimidad de su posición (Jost, 2001)”. Así, los individuos que sienten la necesidad de justificar su posición tienden a rodearse de personas menos cualificadas. Y es que parece que al final un jefe sí puede valer tanto como el equipo de subordinados del que logra rodearse.

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